Pues va a ser esto de la crisis la sensación que le queda a uno en el cuerpo cuando tras dos semanas de vacaciones vuelve al trabajo con una losa de preocupación que ni el contacto diario con la familia ni la confianza en que uno puede con lo que se tercie son capaces de quitarme de encima. Por no tener, creo que no va a haber ni estrés post vacacional, que ni eso ya se puede uno permitir. O igual es que ya viene de atrás y ni se nota.
Quizás “ayude” ver un porvenir (como persona y como sociedad) algo más que difuso, donde más que salidas a futuro hay escapatorias a un tiempo incierto que discurre entre el mañana y la decisión que no se sabe cuándo alguien tendrá sobre ti, tu familia y tus proyectos. Ni siquiera a uno (quizás porque hasta ahora ni lo he pensado) le atrae aquello que como cantinela nos repiten sin cesar: “El mañana es de los emprendedores… Hasta un millón de ellos hacen falta para sacar esto adelante” (esto es “mantra” político-gubernamental). ¿Y sabéis? Uno muy echado para adelante en eso de los negocios no se si será, pero dos pensamientos seguidos sí es capaz aún de juntar y cuando oigo esto, se me va la mente irremediablemente a los que “emprendieron” años atrás y que ahora no les llega la camisa al cuerpo (si es que aún la conservan)… ¡¡Ahhh, se siente!! Haber “emprendido” cuando tocaba. Ahora si no hay crédito y el negocio se cae a cachos, a poner buena cara al mal tiempo y a conformarse con escuchar la sarta de vaguedades y explicaciones dignas de “saltimbanquis de poltrona” de los que a golpe de recorte nos lo arreglan todo en un tris tras… Catacrac.
¿Dije recorte? Noooo… “Ajustes temporales”, eso es. Yo que siempre creí que “ajustar” solía aplicarse a aquellos vestidos, trajes, elementos mecánicos, muebles y complementos de todo tipo que bajo aquella expresión de “como un guante” se aplicaban a cuando algo le sentaba bien a uno, acoplaba a sus intereses, se ceñia a lo que era de su interés o en definitiva le hacía la vida mejor. Pues hete aquí que no, que estos “ajustes”, la mayoría de ellos sin más explicación que aquello de “son necesarios” (y tomad el azucarillo…) vienen más bien a apretar, es decir a llevar aquellas medidas allá donde ya lejos de su función empiezan a incomodar incluso se perciben, más como algo molesto y que nos complica la vida que realmente algo digno de un esfuerzo necesario para ver la luz al final del túnel.
No es mi intención hoy dar demasiadas vueltas a las medidas, a ver si por marearlas encima va y resulta que me acusan de antipatriota (uno más). Lo que sí me gustaría es reflexionar sobre el camino que poco a poco muchos ciudadanos de este país vamos adoptando (incluso diría yo afortunados, pues tengo claro que muchos ya andan bastante peor que yo…) hacia un modo de vida distinto, austero por necesidad y que por real como la vida misma te explota en las narices cuando de repente la nevera se llena de marcas blancas (y a Dios gracias), no pasas de 100 km/h en nuestras flamantes autovías para ajustar consumo (y que dure), planificas tus vacaciones al “calor” (y al rigor) de tu hogar que se está la mar de bien (mientras pagues la letra) y te descubres explicándoles a tus hijas con vehemencia y el corazón encogido lo mucho que cuesta salir adelante… Sin que nada les pueda faltar (eso por ahora se lo callas).
A los que nos cuesta, claro.
Con mínima perspectiva… ¿Quien se acordará mañana seguro, por ejemplo, de la Reforma Laboral? Yo me permito aventurarlo: Los cientos (espero que no miles) de trabajadores que perderán en una jornada su trabajo mediante ERE fulminante y extinción de relación laboral… Y si te he visto no me acuerdo. Ni los políticos que propiciaron esta situación (y ahí lo siento soy inmisericorde: PP y PSOE) ni los sindicatos que dirán que poco pudieron hacer, han hecho ejemplo público de contracción salarial ni sacrificio siquiera político alguno (de los personales ni hablamos)… Así de claro, reto a ser desmentido con deshonor.
Luego saldrá el vocero de turno, diciendo que eso es demagogia, que los políticos en este país sufren las medidas como todo ciudadano y que, a pasmarse tocan, todavía están mal pagados, que si mejor lo estuvieran ni se les ocurriría meter la mano como hacen algunos ni mal gestionar como muchos… ¡Pues sí señor! Y digo yo que es hora de hacer lo mismo con cajeros de banco, empleados de joyería, gestores de empresa y personal diverso que ven pasar ante ellos a diario miles de euros y que si cobraran más de lo que cobran seguro que no robarían nada… ¿Ah? ¿Que no roban? ¿Que cuando hay algún caso, incluso con mala gestión negligente y culposa se les lleva ante un juez?… ¡Anda! ¡No me lo puedo creer! Pase el siguiente…
Siento el tono un tanto pesimista. En el fondo no quiere serlo. Escribo porque necesito rebajar este estado de tensión que a días controlo y a días somatizo, pero que siempre acaba afectando a los que me rodean y que no merecen más que me desviva por ellos (y por ellas, mis princesas). Creo en la dignidad del ser humano que quiere y cree en que vivir en sociedad y en democracia exige un compromiso que va más allá de escribir discursos infumables o presentarse ante una cámara a decir cosas, no ya en las que ni siquiera cree, sino en las que jamás podrán creer aquellos quienes se supone juraste bien gobernar.
Como decía la canción: Será lo que será… O lo que nosotros queramos que sea (esto lo añado yo). Tengamos claro que “sustituir” a los que nos han traído aquí, pasa primero por “restituir” la ética, principios y compromiso ante sus iguales, que se llevó la “burbuja” (del ladrillo y de las infamias), los que la crearon, la hicieron crecer, y la explotaron… Ante nuestras narices, lo queramos o no. Poner al ciudadano, al ser humano “mondo y lirondo” como centro de toda acción dirigida a cambiar, gobernar, transformar o dar algo de lustre a este mundo que tan sucio se ve por momentos. A la tarea, pues.


